Un Fato (oscense) en el Torío (I)

Un Fato (oscense) en el Torío (I)

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Recuerdo perfectamente la primera vez que visité Garrafe. León (capital) ya me parecía un lugar entre lo inhóspito y lo exótico. La catedral (que decían ser mejor que la de Burgos en cuanto a majestuosidad); San Isidoro (la capilla sixtina del románico, cuando todos sabemos que el origen está en la jacetánea); San Marcos (presidio del ingenioso Quevedo); el MUSAC (ríase usted del MOMA en Nueva York)… y así hasta una veintena de lugares y monumentos.
Capítulo aparte merecen la gastronomía y la cultura “de taperío” de la provincia (de la cual hablaremos en otra ocasión). Pero, como decía, cuando pensé que ya había descubierto un nuevo mundo, necio de mí, todavía me quedaba conocer la ilustre villa de Garrafe del Torío.
Me habían contado que el Torío es uno de los dos ríos que abraza León (como plasma la estatua sita en la Plaza del Grano). Como buen aragonés, aceptaba que hubiera río más largo que el Tajo pero no más caudaloso que el río Ebro y con más historia que el mismísimo río Aragón. Y sin embargo, observaba un devoto respeto cuando el nombre del Torío era pronunciado. Simplemente, me fascinaba.
Era cuestión de tiempo que me adentrase en su rivera (mucho o poco dependía de la relación con mi entonces todavía novia de orígenes garrafenses). Y ese día llegó. La primera sorpresa fue cuando me ofrecieron ir en tren. Qué chulos estos de León, con “cercanías” (rodalies para los catalanes). ¡Y de cercanías nada! Que de Atocha puedes llegar a Guadalajara, pero de León te llevan hasta Bilbao en FEVE (que encima es mucho más pintoresco el ferrocarril de vía estrecha).
Como eran poco kilómetros, dejé la magia del tren minero para más adelante y opté por el coche. No habíamos dejado la Rua cuando ya habíamos llegado. Me decepcionó porque lo esperaba en un lugar un poco más apartado. “Esto es Navatejera, melón” (me dijo con cariño mi novia). Yo puse cara de circunstancia y de repente vi que una niebla inundaba la carretera. Llegamos a Villaquilambre y, a partir de ese momento, ya todo era Torío (Villasinta, San Feliz, Palazuelo, Valderilla). Finalmente Garrafe (de Torío).
“Pues es una calle”, dije con cierto desdén. No había acabado la frase cuando mi novia me increpó: “ya ha hablado el fato. Esta es la carretera, pero hay más pueblo. No seas faltón y cuidado que aquí te curten” (ahí fue cuando me vino a la mente la imagen de mi cuñado y reculé).

“Pues es una calle”

Mi suegra estaba como Heidi en casa del abuelo, feliz y risueña en la que era su casa. Yo iba a conocer a la familia de la que ahora es mi mujer (recuerdo que había niebla y yo me sentía a orillas del Torío como si estuviera en el mismísimo Lago Ness, pero sin monstruo). Abrieron la puerta de esa noble casa y me recibió un paisano oriundo del pueblo. Un hombre de mirada humilde, afable y cariñoso. Lo que luego descubrí que era la excepción al carácter leonés (decían que los castellanos son secos… no conocían a las leonesas).

Me adentré en esa casa, decidido. “Soy del Pirineo, un tío duro que ha sobrevivido en Madrid” (pensé para mis adentros). Pero ni de lejos me imaginaba todo lo que estaba a punto de vivir en ese pueblo llamado Garrafe de Torío…
CONTINUARÁ

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